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Covarrubias



Información actualizada el miércoles, 19 de octubre de 2011. Administrador

EL cofre cerrado.

Pablo López Aguado para ABC

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© F. Ordoñez - ABC

En pleno Valle de los Lobos, en Covarrubias, se erige la capilla de San Olav. Inaugurado el pasado 18 de septiembre, el templo cumple una vieja promesa de Alfonso X a su esposa Kristina de Noruega. Uno de sus arquitectos explica las claves de este proyecto lleno de simbología

Los curiosos, los turistas, los peregrinos que se acercan al Valle de los Lobos no saben como reaccionar ante el edificio que allí les espera. La historia que lo origina es hermosa e importante para conocer los secretos del edificio, así que la resumiré en los extremos que nos atañen:

En 1258 la princesa noruega Kristina contrae un político matrimonio con el hermano de Alfonso X. Como parte de las capitulaciones el esposo ofrece realizar una capilla en honor de San Olav: antepasado de la doncella, rey, mártir y patrono en toda Escandinavia. La promesa se incumple, quizá por la temprana muerte de la dama tan sólo cuatro años después. Siete siglos más tarde se identifica su sepulcro, con el cuerpo dentro, en la Colegiata de Covarrubias, de la que su marido había sido abad. La Fundación que lleva el nombre de la dama decide, ya comenzado el siglo XXI, realizar su sede, dedicada a actividades culturales y, en el mismo esfuerzo, cumplir la antigua promesa. Del concurso resultante surge el actual edificio, cargado de simbología y con una completa iconografía propia que, al permanecer ocultas, generan el citado desconcierto. Durante la Edad Media las metáforas y representaciones arquitectónicas no producían estupor a sus contemporáneos, porque habían recibido una catequesis de las formas y los símbolos, adecuado a su analfabetismo; en cambio en nuestros días el visitante no llega a poseer esas claves, a menos de que se le otorguen. Esto no puede eximir al arquitecto de incorporar esas razones donde sean necesarias; le queda en cambio la posibilidad, si no obligación, de entregar a los demás las llaves de lo que permanece oculto.

La llave

En mi forma de entender la arquitectura las decisiones no suelen tener una sola razón, sino muchas concurrentes. La importancia de lo simbólico en ese orden secreto de causas que acaba conformando un edificio es, en una iglesia, determinante; cuanto más trabajando sobre una promesa del siglo XIII.

La primera pregunta habría de responder a la relación con el entorno: se llegó a la propuesta de un espacio cerrado, tenuemente iluminado por estrechas ventanas, con un volumen claramente definido porque satisfacía al conservar la esencia de las iglesias medievales, pero también por una muy actual necesidad de seguridad para un edificio aislado en medio del campo. Ello permitiría igualmente separarse con respeto del sabinar. La existencia simultánea del uso cultural proponía que existiera otra relación con el exterior, otra luz: la aparición de una gran puerta acristalada que, abriéndose, diferenciara claramente los dos usos (cultural y religioso) permitiría además el disfrute de un pequeño auditorio exterior que la naturaleza nos brindaba casi acabado. Este espacio exterior que se conquistaría necesitaba un final en el otro extremo para lograr convertirlo en propio: de nuevo la referencia a campanarios medievales separados de sus iglesias pesaba con su histórica conexión secreta. Y de ahí la posición aislada del campanario; pero no sólo, porque ese era también el punto más alto, lo que permitía acentuar su carácter de hito y cerrar la perspectiva general. Su altura, definida por la profundidad del espacio de auditorio, pero también por el tamaño de los montes que le sirven de fondo y de las lenguas de piedra que la van mostrando u ocultando, se cifraba en torno a 30 metros. La elección exacta de la altura vuelve a tener una connotación mágica: siendo el 29 del 7 el día de San Olav, se concretó en 29,7 m.

 
 

Desentrañado el volumen debía ahondarse en el material. El mejor edificio de Covarrubias, que los tiene excelentes, es, para mí, la Torre de Fernán González. Su hermoso color es negro, y rojo, y gris, e incluso azul cobalto. Esos eran, definitivamente, el tono y la textura ¿Cuánto de esa torre habría ya de hecho en la nuestra? Se pensó en recurrir a la misma piedra, pero no se podía: la antigüedad no se puede comprar y habría que recurrir a un falso y delgado aplacado en vez del necesario gordo sillar. Por razones de uso y de respeto durante el montaje la obra además debía ser ligera, por capas, en seco. La esencia del tono deseado era el hierro que afloraba en la piedra, así que se forzó la chapa de acero para conseguirlo. El resultado, que cuenta con el envejecimiento, es muy satisfactorio; mi recomendación personal: verlo justo después de una buena tormenta. Otra clave apoyaba al material con una metáfora: San Olav, rey, murió mártir durante la batalla de Stiklestad. En sus representaciones se le presenta encerrado en su férrea armadura. Nuestra cubrición de acero era esa armadura, a la vez que todo lo dicho. Así, los tres huecos fundamentales del muro norte que pedían ser por funcionalidad interior unas estrechas rasgaduras serían también las tres heridas que quiere la tradición recibiera en ese combate: en la rodilla, un hachazo; en el pecho, una lanzada; en el hombro, el tajo de una espada. Cada una de esas ventanas retoma la forma de esas heridas y se acompañan de las siluetas de las armas causantes: la metáfora del cuerpo como templo quedaba soldada al edificio. Que además el brutal exterior permitiera contrastar con el interior, suavizándolo y estilizándolo, sumaba otro importante matiz. En el interior, en cambio, la influencia de las iglesias noruegas en madera se unía a la adecuación de ese material al uso: por calidad, olor, dignidad y acogedora suavidad. En él se situarían finalmente algunos elementos de piedra, pues por tradición e incluso por disposiciones litúrgicas, no se concibe una iglesia sin ese material. Los fundamentales son dos enormes pilares de una sola pieza de unos 3 metros y medio y más de 3.000 kg de peso cada uno, rematados por sendos sillares que atraviesan la fachada y muestran su cara tanto al exterior como al interior. La simbología de este conjunto es intrincadamente múltiple. Constructivamente sostienen el entramado de 7 vigas (como las 7 virtudes que se contraponen a los pecados capitales) de madera vistas, siendo el soporte visual de todo el peso del edificio. Suponen también la separación espacial entre el baptisterio y la iglesia. Pero además vienen a representar la duplicidad que impregna todo el edificio: Los pilares son los dos contrayentes de la promesa, Felipe y Kristina y por ello aparecen un hombre y una mujer sobre cada uno de ellos, que en su cara exterior se corresponde con el escudo de su reino; pero también son esos reinos en sí, los dos países que ahora se unen en amistad cultural. Además, como es metáfora religiosa habitual en términos matrimoniales, representan las bodas de Cristo con su Iglesia, y por ello el hombre y la mujer reciben la conocida representación alusiva del Sol y la Luna. Pero también son dos confesiones del cristianismo, la luterana y la católica, que se practican en ambos países y por eso uno de los pilares lleva grabada una cita que habla de la diferencia desde el punto de encuentro; y así podríamos continuar largo rato.

 
 

Pero, al igual que algunas claves permanecían ocultas, sólo accesibles para los iniciados, permítaseme que, al amparo del limitado espacio de este artículo, me guarde algunos de estos secretos; acompañando esta ocultación con la cordial invitación a acudir a la propia capilla a desentrañarlos.

 

Enlace web http://www.abc.es/20110924/local-castilla-leon/abci-cofre-cerrado ... 3.html

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